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titular HF Espanolizacion futbol 1940

por Vicent Masià

 

Que el fútbol no fue inventado ni es oriundo de los españoles es algo que todo el mundo conoce hoy en día, sin embargo el alcance que las lenguas extranjeras, sobre todo la inglesa, tuvieron en la terminología que usaban tanto periodistas, jugadores, directivos o aficionados en los primeros tiempos de implantación en nuestro país, fue algo más allá de lo que muchos querían o entendían era necesario en un país donde ya existía una lengua nacional y otras regionales tan o más cultas que la de procedencia anglosajona.

El fútbol, deporte practicado aquí por cientos de miles de personas y sin duda el más popular de cuantos existen, ya no sólo en España sino a nivel mundial, fue introducido por súbditos británicos en el último tercio del s. XIX. Centros mineros, industrias textiles, instalaciones siderúrgicas, puertos marítimos, fluviales o empresas dedicadas al tendido de cable marino con presencia de ciudadanos procedentes de las diversas nacionalidades del Reino Unido, cuando no suizos o franceses que habían aprendido de éstos en sus respectivos países, se convirtieron en los principales centros de enseñanza y adiestramiento para multitud de jóvenes que se sentían profundamente atraídos por aquel extraño juego en el cual una pequeña multitud corría tras un balón de cuero y tenía como objetivo introducirlo bajo tres palos de madera situados en ambos extremos de un descampado de tierra.

El empleo de la lengua inglesa como vehículo de comunicación para referirse a jugadas, lances e incluso denominación de muchas sociedades deportivas fue algo muy común entre nuestros antepasados al no existir un equivalente o símil en alguno de nuestros idiomas. Normal era decir “foot-ball” y normal era decir “equipier” o “team”. Nadie se extrañaba, nadie ponía reparos y todo el mundo lo asimilaba como un paso necesario para poder entenderse. El fútbol era un deporte minoritario en sus primeros años que venía desde el extranjero y fue practicado por extranjeros hasta que los españoles empezaron a considerar que podían adiestrarse en sus reglas y emplearlo como una disciplina más con la cual divertirse, hacer ejercicio y mantener una actitud higienista. Por lo tanto nadie se rasgaba las vestiduras y nadie se había preocupado de traducir aquellas palabras tan difíciles de pronunciar para los españoles de la época y que tanto costaban de escribir.

Predominio del inglés durante los primeros años

El aprendizaje del fútbol fue sencillo y generalmente la habilidad de unos se imponía al físico del resto quienes a falta del tacto que la naturaleza no les había concedido, tenían que recurrir al uso de la fuerza para compensar el desequilibrio reinante. Esta interiorización en el dominio del toque de la pelota y sus reglas trajo consigo a la par una serie de términos que acompañaban tanto a la denominación de las distintas acciones como a quienes las emprendían. Desde bien pronto surgieron entre el vocabulario de aquellos intrépidos atletas palabras casi impronunciables que empleaban los británicos como foot-ball, goal, back, club, shoot, dribling, corner, equipier, penalty, refree, goal-keeper, off-side, etc., que pasaron a engrosar la asimilación de aquel juego que tanto gustaba de practicar. La implantación de estos términos fue creciendo entre la población y la prensa escrita fue el gran aliado con el cual se encontraron para su difusión entre las masas, de modo que rara era la ocasión en la cual no se empleaba algunas de estas palabras anglosajonas en cualquier crónica, incluso muchos de los articulistas que vertían opiniones o relatos con las vicisitudes transcurridas en los encuentros terminaron usándolas como seudónimo en lugar de su nombre propio.

La lenta pero imparable progresión del inglés en nuestra sociedad empezaba a quedar patente y la presencia de este idioma no se detuvo en la denominación de jugadas, acciones o en la posición que adoptaban los jugadores dentro del terreno de juego, sino que fue más amplia y afectó al propio nombre de aquellas sociedades bajo las cuales se reunían un buen número de jugadores. Desde sus inicios surgieron nombres como Sport Club, Sporting Club, Racing Club, Athletic Club, Recreation Club o Foot-ball Club que iban acompañados con el de la localidad que representaban. Nadie reparaba en su significado y contrariamente a lo que se piensa, gustaba su pronunciamiento en correcto inglés pues demostraba don de lenguas frente al inmovilismo popular de un país tan tradicional como España.

El español empieza a conquistar terreno

Con el transcurso de los años y el gran crecimiento experimentado por el fútbol, la popularidad de esta disciplina empezó a alcanzar a grandes masas y a penetrar en todas las capas y estamentos sociales. El fútbol ya no era de unos pocos y para pocos, sino un deporte de muchos y para muchos. Su percepción pasó a ser mayúscula y a influenciar en un gran contingente de personas viniesen del extracto social que viniesen. Aquella corriente pro británica de principios de siglo XX que tanta gracia había provocado en muchos “sportman” de la época, pronto encontró la horma a su zapato y desde varios sectores intelectuales empezaron a vivirse interesantes debates sobre la conveniencia de seguir utilizando esta terminología o sustituirla por palabras propias de nuestro diccionario que tuviesen el mismo o parecido significado. El fútbol se había convertido en algo nuestro y debía “españolizarse” como gustaban decir algunas voces de la época.

Un aragonés, el escritor Mariano de Cavia, introdujo en agosto de 1908 el término balompié para intentar reemplazar a foot-ball, mientras ilusionados con el ejemplo desde otros sectores surgían palabras como atacante, defensa, jugador o anglicismos como gol en lugar de goal mientras se aceptaba club en el puesto de sociedad. A finales de los años veinte el país entero parecía una Torre de Babel cuando se hablaba de foot-ball o perdón, como ya decían algunos, balompié y en una misma crónica deportiva figuraban palabras inglesas, españolas o mezcla de las dos como la mencionada gol o la reciente fútbol, voz que sustituía a foot-ball y que fue adoptada como legal a partir de 1931 por la Federación Española durante el estreno de la II República. Los tiempos avanzaban rápidamente y hacia 1935 los sustantivos españoles empezaban a recuperar terreno frente al tradicionalismo británico, excepto en la denominación de las sociedades.

En este sentido pocas eran las que habiendo nacido bajo el idioma de la “pérfida albión” tenían a orgullo haber “españolizado” su nombre, caso del Sporting Club de Tenerife que cambió en 1922 a Club Deportivo Tenerife o caso del Real Murcia Foot-ball Club que en 1925 adoptaba el de Real Murcia Fútbol Club tanto en camiseta como en documentos oficiales, siendo lo habitual nacer bien bajo sustantivos británicos o bien naturales de aquí como deportivo, cultural, sociedad, atlético.

La Guerra Civil y la “españolización” del fútbol en Cataluña

El triunfo del bando nacionalista sobre el republicano trajo consigo numerosos cambios en la vida política, social, económica, religiosa y también, cómo no, en el deporte como medio de innegable atracción para las masas y en especial como conducto vehicular para controlar a una población a la que había que atar bien de cerca. Las zonas bajo dominio del ejército republicano durante la Guerra Civil, se convirtieron tras la finalización del conflicto en un objetivo prioritario para los nuevos gobernantes quienes, implacablemente, decidieron aplicar un feroz rodillo sobre los vencidos y sobre todo con dos regiones de habla distinta a la que pregonaban los vencedores de manera oficial: Cataluña y Valencia.

Cataluña, al igual que Valencia, a los pocos meses de declararse el fin de la guerra albergaba varios millones de personas que se habían mantenido fieles al régimen anterior y que, además, históricamente habían mostrado su disconformidad con varios asuntos de índole político reivindicando una mayor autonomía y un mejor reconocimiento a su lengua autóctona. Estas demandas chocaban frontalmente con el espíritu único y uniforme de las nuevas autoridades y los movimientos reaccionarios en este sentido no se dejaron esperar demasiado tiempo cumpliendo con lo prometido ya en 1938.

De este modo, Tomás Domínguez Arévalo, Ministro de Justicia de la España nacionalista, declaraba el 18 de mayo de 1938 haciendo alusión al uso del catalán en el Registro Civil que: “Debe señalarse también como origen de anomalías registrales, la morbosa exacerbación de algunas provincias del sentimiento regionalista que llevó a determinados Registros buen número de nombres, que no sólo están expresados en idioma distinto al oficial castellano, sino que entrañan una significación contraria a la unidad de la Patria. La España de Franco no puede tolerar agresiones contra la unidad de su idioma, ni la intromisión de nombres que pugnan con su nueva constitución política… En su virtud dispongo: Artículo 1. En todo caso, tratándose de españoles, los nombres deberán consignarse en castellano.”

En esa línea y ya con España unificada de nuevo, el Gobernador Civil de Tarragona manifestaba el 18 de abril de 1939 que “Declarado único idioma oficial el castellano, es natural, dando con ello sentido de unidad, que todo rótulo, letrero, cartel, etc., que esté expuesto al público sea redactado en el idioma oficial.”

Cambiando de provincia, pero dentro de la misma región, Eliseo Álvarez Arenas, Jefe de los Servicios de Ocupación en Barcelona, tomaba el 23 de junio de ese mismo año la decisión junto a su séquito de: “El Ayuntamiento de Barcelona tomó el plausible acuerdo, en un todo conforme con el espíritu del Movimiento Nacional, de dar un plazo que termina el día 31 de julio próximo, para que los industriales y comerciantes redacten en el idioma oficial los nombres y reclamos de sus establecimientos, transcurrido cuyo plazo será exigible el cumplimiento de la mencionada obligación sin perjuicio de las sanciones gubernativas a que haya lugar.”

Estas decisiones, no sólo afectaron a la redacción de rótulos y títulos o a la inscripción de nombres autóctonos en lengua catalana, sino que fueron aplicadas a los funcionarios interinos de las distintas corporaciones municipales y provinciales, además del mundo de la docencia, importantísimo para adoctrinar a las nuevas generaciones. En cuanto al fútbol y la denominación de los clubs, Cataluña sin duda fue la más afectada, más que Valencia donde apenas había asociaciones inscritas con la lengua autóctona y, por supuesto, mucho más que en otras regiones con lengua propia como Galicia, Islas Baleares o Euskadi que, por apoyo desde el primer momento al Movimiento las dos primeras y por la destacada intervención de parte del pueblo en el caso vasco, apenas sufrieron control por parte de las autoridades.

La unificación idiomática de España

Si Cataluña y, en menor medida Valencia, habían sido las dos regiones donde antes se había aplicado el talante del Movimiento y su ideología, las nuevas directrices no se iban a circunscribir sólo en esas tierras con reciente pasado republicano, sino que el Gobierno tenía planificada su implantación en el resto de España como medida para afianzarse y establecer definitivamente su dominio. Ramón Serrano Suñer, Ministro de Gobernación y encargado de la represión interna, el control de los medios de comunicación y propaganda, fue el principal promotor de una Orden que fue aprobada el 16 de mayo de 1940 y que desencadenaría la expansión definitiva del castellano como lengua oficial de los españoles frente al resto de lenguas autóctonas.

Sin embargo, aunque en el fondo subyacía su prohibición, en esta ocasión no se cargaba directamente en contra de las lenguas autóctonas que quedaban obviadas de la Orden, sino contra las lenguas extranjeras en un arranque de nacionalismo a ultranza que denunciaba bajo su óptica un trato colonial y de vasallaje que suponía el uso del inglés o francés entre otros idiomas. El empleo del castellano era a los ojos de los nuevos dirigentes la única salida posible, la única vía, una salida digna para los españoles de entonces que debían permanecer limpios de espíritu y de conciencia reprimiendo cualquier tentación de expresarse en otra lengua ya fuese autóctona o extranjera.

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La “españolización” del fútbol en el resto de España

Regresando al fútbol y recuperando el viejo debate de si era preciso reemplazar los términos británicos que se empleaban tradicionalmente en este deporte por otros términos similares o de igual significado existentes en el castellano, el radical cambio de manos que se produjo en el Gobierno de España el 1 de abril de 1939 pasando de un régimen democrático donde cabía todo tipo de ideología a otro con una sola y bien marcada, fue el punto sobre la i que faltaba para inclinar la balanza del uso de las distintas lenguas en un sentido u otro: o seguía todo igual como antes dándose libertad a la hora de elegir un idioma o se cambiaba a un camino mucho más férreo sin posibilidad de vuelta atrás, es decir, o seguíamos empleando masivamente el inglés y cualquiera de las lenguas autóctonas españolas o pasábamos a expresarnos y escribir tan solo en castellano, la lengua elegida como única y oficial. Para el nuevo Régimen, obviamente no había posibilidad para los puntos medios y, como era previsible, la elección fue clara: todo en castellano.

Los dirigentes del militarizado Consejo Nacional de Deportes, órgano supremo bajo el cual quedó supeditada la por entonces Federación Española de Fútbol, haciendo uso de las facultades que le otorgaba tener la sartén por el mango y siguiendo las instrucciones que el Gobierno había ordenado cumplir con la Orden del 16 de mayo de 1940, decidió imponer en todas las federaciones nacionales de cualquier ámbito una fuerte limpieza idiomática y aplicó una rígida depuración lingüística que seguía de buena fe su doctrina. La decisión, que sería tomada el 20 de diciembre de 1940, exigía “españolizar” todos aquellos extranjerismos presentes en la lengua de la calle, en su mayoría anglicismos y restos de algunas lenguas autóctonas -en especial el catalán- que figuraban en nuestro fútbol, salvándose por el contrario de la quema el euskera e incluso el gallego como compensación a la contribución de estas zonas durante el conflicto armado.

La F.E.F., como órgano delfín del C.O.E.-C.N.D. del que dependía, no tuvo más remedio que trasladar la voluntad del Gobierno a sus asociados y mediante el uso de la circular federativa 3. 149, comunicaba el 21 de diciembre de 1940 la nueva disposición que debía ser seguida al pie de la letra por la totalidad de los clubs constituidos que se viesen afectados y por los futuros pendientes de constituir.

La denominada “españolización” era un viejo sueño que perseguían los militares desde que en 1937 tomaron las riendas de la Federación Española en las zonas bajo su dominio puesto que, entre otras cosas, achacaban bajo su opinión una profunda degradación en la estructura de la nación a consecuencia de la excesiva permisividad de los distintos gobiernos habidos durante la II República hacia lo extranjero y debilidad respecto a los brotes nacionalistas o regionalistas existentes en España. La “españolización” era para el nuevo Régimen algo urgente que debía de emprenderse lo antes posible para adoctrinar a los españoles de la época y a las generaciones futuras, siendo una de sus medidas inmediatas la imposición del idioma castellano -el más empleado y desde 1939 declarado único idioma nacional- como lengua vehicular oficial para la denominación de sociedades y todo aquello relacionado con el deporte y su terminología. La “españolización/castellanización” arremetía contra el inglés por ser una lengua extranjera y en especial contra el Reino Unido -su lugar de nacimiento-, un país con el que tradicionalmente no se mantenían buenas relaciones, al igual que, de paso, se zanjaba cualquier ímpetu nacionalista o regionalista en territorios como Cataluña o Valencia adscritas a la causa republicana hasta escasas fechas antes. La decisión del C.N.D. era pura e inexcusablemente política y en absoluto deportiva y, como tal, debía imponerse en breve tiempo y de la forma más rápida, sin divagaciones ni titubeos.

El C.O.E.-C.N.D. que dirigía con mano firme el general José Moscardó Ituarte no tenía dudas y los académicos del Régimen menos aún de lo que debían de hacer para terminar con aquella Torre de Babel en la cual se vivía hasta entonces y tras consensuarlo detenidamente pero sin vacilaciones, el 20 de diciembre de 1940 se publicaba un Decreto que conminaba a todos los clubs implicados a cambiar su denominación y a adoptar términos españoles (castellanos) en lugar de británicos o en menor medida catalanes y valencianos como era costumbre desde hacía años. Tal Decreto debía entrar en vigor el 1 de febrero de 1941 y durante ese periodo de tiempo que transcurre entre una y otra fecha, todos los clubs afectados, sin faltar uno solo, mediante oportunas asambleas procedieron a dar este paso de obligatorio cumplimiento de modo que su única libertad quedaba restringida a la opción de “españolizar” su nombre o en su defecto, prescindir del término anglosajón o vernáculo que les acompañaba. Así pues, clubs como el Real Madrid F.C. pasaron a Real Madrid C.F., el F.C. Barcelona a C.F. Barcelona, el Valencia F.C. a Valencia C.F., el Athletic Club a Atlético de Bilbao y el Athletic-Aviación Club a Club Atlético-Aviación, mientras otros quedaban severamente despersonalizados por tanto cambio como el Real Sporting de Gijón que quedó en Real Gijón y el Real Santander Racing Club que lo hizo como Real Santander S.D.

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La parte positiva -siempre hay, como en todos los aspectos de la vida, una o varias-, es que por fin de un plumazo se acababa con el maremagnum idiomático que pululaba por el ambiente futbolístico desde la introducción del fútbol en España de manos británicas a finales del siglo XIX hasta 1940, aunque la forma elegida no era precisamente democrática y muchos clubs con miembros de distinta ideología y sentimiento regional (no todos pensaban igual pese a ser muchos de ellos fieles adeptos al Régimen) se vieron sorprendidos en mayor o menor medida y tuvieron que aceptarlo por imperativo legal.

Estos cambios se vieron reflejados de inmediato en prensa y aparte del que afectaba a la denominación de los propios clubs, términos como gol, fútbol, futbolista, defensa, delantero, saque de esquina, fuera de juego, saque de banda o penalti empezaron a ser utilizados en todas las crónicas sustituyendo a otros clásicos como goal, foot-ball, equipier, back, corner, off-side, etc. Ya nadie tenía dudas de si era gol o goal un tanto, de si un jugador era back o defensa y de si una posición antirreglamentaria era off-side o fuera de juego, todo el mundo tenía claro qué debía de escribir y quien lo leía qué se le estaba contando y qué acción de un lance era la que se trataba en cualquier crónica deportiva.

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Influencias del Decreto en la Liga 1940-1941

El Decreto del C.O.E.-C.N.D. apareció con prisas y tras las “pertinentes” purgas políticas a las que habían sido sometidos todos los jugadores y directivos de los clubs de España, implantándose en cada sociedad serias medidas para inhabilitar a aquellos que tuviesen un “pasado ideológico distinto al vigente” y siendo estos sistemáticamente reemplazados por personas afines al Régimen como el caso de muchas asociaciones donde se impusieron un par de falangistas. En 1940, una vez tomado el pulso a las nuevas circunstancias y controlados los cabos sueltos, había una gran prisa por controlar la situación y sentar unas bases sólidas para el futuro deportivo de las sociedades dentro del plan estratégico que se había trazado el nuevo Gobierno. La eliminación de extranjerismos y, de paso, lenguas “molestas” urgía a toda costa y no había tiempo para la espera de una nueva temporada. Retrasar tal Decreto al inicio de la campaña 41/42 a estrenar en julio de 1941 era perder el tiempo y el general José Moscardó, un militar que tomaba el C.N.D. como si del Ejército se tratase, urdió una reunión antes de Navidad de 1940 para que los acontecimientos se adelantasen en seis meses a lo que en otro tipo de circunstancias se hubiese retrasado hasta una vez concluida la temporada 40/41.

Daba igual que la temporada 40/41 estuviera ya iniciada y que los clubs se hubiesen inscrito con el nombre tradicional con el que contaban la mayoría de ellos desde su constitución. Había que terminar cuanto antes y se puso como fecha límite el 1 de febrero de 1941. Ese día todos los clubs afectados debían haber modificado su denominación y a partir de entonces era obligatorio que la prensa y la Federación Española de Fútbol se hiciesen eco de estos cambios. Como consecuencia inmediata en las semanas posteriores al 1 de febrero empiezan a aparecer en prensa todos los cambios y, aunque hay asociaciones y aficionados remisos a acatar esta decisión siguiendo denominando a sus respectivos clubs como en antaño o periodistas “olvidadizos”, lo bien cierto es que a nivel gubernamental la transformación y adecuación a la normativa es un éxito absoluto.

A nivel federativo la campaña 40/41 se cierra oficialmente con todos los clubs convenientemente “españolizados” y con carácter retroactivo a julio de 1940 para que no haya confusiones futuras en cuanto a denominación y documentación, haciéndose así constar en la Asamblea del C.N.D. y en las diligencias o publicaciones de rango federativo, pasando esta edición a ser conocida en la posteridad como la Liga en la que muchas sociedades empezaron con un nombre y terminaron oficialmente con otro.

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La Delegación Nacional de Deportes

El Decreto que a finales de 1940 iba a suponer un cambio radical en la denominación de las sociedades deportivas españolas creadas antes de la Guerra e iba a ser el espejo donde se mirasen a partir de la fecha, no era sino uno de los primeros pasos que el Gobierno había decidido emprender aplicando las líneas del programa trazado mientras se empuñaban las armas. La ambición del nuevo Gobierno era controlar todo el deporte que se generaba en España y afín a sus ideales, el 22 de febrero de 1941 se creaba la Delegación Nacional de Deportes con el general José Moscardó al frente ocupando el puesto de Delegado Nacional. La D.N.D. venía a integrar en un solo cuerpo y bajo un solo mando tres de las instituciones que con anterioridad ya existían en el país: el Comité Olímpico Español (C.O.E), el Consejo Nacional de Deportes (C.N.D.), creado el 22 de agosto de 1938 y la Delegación Española del Comité Olímpico Internacional (C.O.I.).

Con la D.N.D. se ponían los cimientos al deporte español y se unificaba de una forma única y robusta una estructura que había permanecido dispersa en tantos clubs, directivas, asociaciones, federaciones y comités como había. El organismo recién creado se convertía en el rector de la educación física tanto del deporte aficionado como profesional y, a pesar de que fue anunciado como un éxito y una necesidad imperiosa, la realidad es que fue una maniobra para que todo lo relacionado con el deporte en España pasara por las mismas manos y no existieran políticas contradictorias ni distintas cabezas al mando. El Decreto del 22 de febrero de 1941 dejaba el deporte en manos y bajo una estructura con clara jerarquía militar y el fútbol nacional, como una disciplina más, tuvo que sufrir sus consecuencias.

La bula federativa de los años cincuenta

Mediados los años cincuenta y pasada más de una década tras la imposición de la Orden del 20 de diciembre de 1940, el Gobierno español inicia una tímida apertura hacia los países de su entorno y busca sin hacer mucho ruido un reconocimiento internacional que hasta la fecha le ha sido esquivo. Para conseguir este propósito se apoya en uno de sus más fuertes pilares, el fútbol, ofreciendo la R.F.E.F. desde la temporada 1947-48 una nueva cara tras retirada de los militares de los órganos de dirección a consecuencia del extraordinario escándalo que provoca a nivel nacional el denominado “Caso Antúnez“. El relevo surgido en las más altas esferas con la incorporación de nuevos directivos civiles que llegan con otras ideas vitales para este fin, provoca que en los siguientes años algunos clubs humildes consigan una bula federativa para emplear su antigua denominación, aunque Cataluña, como era de prever, sigue penalizada. La inmensa mayoría de los beneficiados reside en Galicia y Euskadi, encontrándonos en aquellas tierras a clubs inmersos en Categoría Regional como el Sestao Sport Club, el Valmaseda Fútbol Club, el Sporting Club Luchana, el Racing Club Elorrieta, el Club Irala Sport o el Club Deportivo Touring en las provincias vascas y el Racing Club Villalbés, el Tuy Racing Club, el Club Sporting Sada, el Club Sporting Mesoiro o el Club Sporting Coruñés en las provincias gallegas, siendo mucho más curioso y extraño el caso del Sporting Club Requena en Valencia, una isla dentro de una región que no experimenta cambios.

Sea como sea, la bula federativa en caso alguno trasciende a los clubs de primer orden por la negativa a que tal medida sea aplicada a lo más representativo del fútbol nacional y, de este modo, deberán pasar todavía muchos años hasta que los primeros guiños aperturistas trasciendan real y definitivamente a las sociedades de la élite futbolística española.

La liberalización de términos

El famoso Decreto del General José Moscardó tuvo una larga vigencia oficial, treinta años de imperturbable continuidad en todos los estamentos, sólo interrumpida por algunas excepciones reconocidas como hemos visto y por la vox populi, la cual en el silencio de la intimidad o cobijándose en reducidos círculos, en muchas ocasiones se atrevía a nombrar al club de su alma como el Racing, el Sporting, el Athletic o el Foot-ball Club. Afortunadamente el peso de la razón con el paso de los años suele volver al sitio de donde nunca debió marchar y, a pesar de que a priori muchas decisiones incomprensibles son tomadas con buena voluntad pero con poca lucidez logrando imponerse a base del uso de la fuerza, finalmente lo que en su día fue instaurado como eterno se tornó en fugaz.

Terminando los años sesenta el Régimen empieza a estar debilitado y los síntomas aperturistas reactivados por la entrada del turismo y un mundo cambiante, hacen que surjan voces de peso que representan a algunos clubs importantes reivindicando la vuelta al uso cotidiano de pretéritas denominaciones de antes de la Guerra. Esta corriente pronto toma fuerza y llega a oídos de los gobernantes, quienes en un gesto de transigencia y adaptándose a la más cruda de las realidades, consienten a la R.F.E.F. que derogue el Decreto del 20 de diciembre de 1940. El acuerdo es tomado el 18 de julio de 1972 y diez días después comunicado a los clubs mediante una circular federativa que autoriza el restablecimiento o predisposición a que aquellos clubs que lo deseen tengan la oportunidad de utilizar su nombre original.

La noticia causa una inmensa satisfacción en un gran número de sociedades que al fin pueden recuperar un trocito del patrimonio que les fue arrebatado por imposición, pues es necesario recalcar que los nombres de los clubs en cualquier país libre han de ser elegidos por sus socios y no por los gobernantes o políticos de turno. Tras la derogación, algunos clubs afectados por tal medida convocan asambleas para restituir el nombre que disfrutaban en 1940 tales como el Real Gijón que pasa a Real Sporting de Gijón, el Real Santander S.D. que lo hace como Real Racing Club de Santander, el C.F. Barcelona que será F.C. Barcelona o el Club Atlético de Bilbao que vuelve a ser Athletic Club. Otras sociedades, sin embargo, desean continuar como están y estiman que los cambios no les van a aportar beneficio alguno, siendo así que clubs como el Real Madrid C.F., el Valencia C.F. o el Club Atlético de Madrid entre los más destacados, deciden mantenerse ajenos porque sus socios y aficionados están ya acomodados y habituados a la denominación que tienen.

Hoy en día, las sociedades deportivas felizmente eligen los nombres que les placen a sus socios y consecuencia sana de ello es el poder ver clubs inscritos en castellano, catalán, euskera, gallego, valenciano o inglés, que para jugar al fútbol no tiene trascendencia.

© Vicent Masià. Abril 2011.

Texto revisado: Febrero 2014.

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